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Y tú, ¿celebras la Vida o la muerte? Destacado

  • Escrito por  Francisco Javier Boada

El día 1 de noviembre celebramos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. El glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria en medio de sus santos. El día 2 de noviembre dirigimos nuestra mirada a los numerosos rostros que nos han precedido y que han finalizado el camino terreno. En estos días el Pueblo Santo de Dios visita los cementerios para rezar por los seres queridos que nos han dejado; es como ir a visitarlos para expresarles, una vez más, nuestro afecto, para sentirlos todavía cercanos y para orar por ellos, con el fin de puedan ver ya el rostro de Dios.

La solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los fieles difuntos nos dicen que solamente quien puede reconocer una gran esperanza en la muerte, puede también vivir una vida a partir de la esperanza.

Sin embargo, en la actualidad se está perdiendo el sentido cristiano de estos días que celebran la Vida sobre la muerte y nos encontramos ante una nueva “religiosidad” que celebra la fiesta de la muerte y de la oscuridad: Halloween. El nombre Halloween es la deformación americana del término, «All Hollows´ Eve»: Vigilia de Todos los Santos. Debido a la costumbre inglesa de contraer los nombres para una pronunciación más rápida y directa, esto derivó en el definitivo "Halloween", aunque la fiesta religiosa original nada tiene que ver con la celebración del Halloween actual. Esta antiquísima fiesta cristiana llegó a Estados Unidos junto con los emigrantes irlandeses, que tenían una profunda devoción por los santos. Y allí echó raíces para sufrir paulatinamente una radical transformación, perdiendo el sentido católico de esa noche y acentuando el aspecto lúgubre y morboso, lleno de terror y fantasmas, donde los muertos se alzan atormentando a los vivos.

La fiesta se remonta, en realidad, a tiempos anteriores al cristianismo. Hacia el siglo VI a.C., los antiguos celtas del norte de Europa celebraban el 1 de noviembre, como el primer día del año. La fiesta de Samhein, fiesta del sol, que comenzaba la noche del 31 de octubre, marcaba el fin del verano y de las cosechas. Los colores del campo y el calor del sol desaparecían ante la llegada de los días de frío y oscuridad. Creían que en aquella noche, el dios de la muerte permitía a los difuntos volver a la tierra, fomentando un ambiente de muerte y terror. La separación entre los vivos y los muertos se disolvía aquella noche, haciendo posible la comunicación entre unos y otros. Cuando los pueblos celtas se convirtieron al cristianismo, no todos renunciaron a las costumbres paganas. En el siglo VIII d.C., el cristianismo colocó la fiesta de Todos los Santos el 1 de noviembre, quedando así la noche del 31 de octubre, como la vigilia de esa gran fiesta. Recordamos también que no es la única Vigilia en el Año Cristiano, sino que se entronca en la pedagogía de la celebración de las fiestas cristianas a las que les precede siempre la Víspera, es decir, la preparación y anuncio de la festividad en la Noche con toda la “teología de la revelación nocturna” (por ejemplo el 24 de diciembre la tradicional “Misa del Gallo” que precede al Día de Navidad, el 5 de enero la mágica “Noche de Reyes” que precede a la Epifanía o la Vigilia Pascual con la que se abre el Día Santo de la Resurrección de Cristo). Pero la coincidencia cronológica generó no pocas supersticiones sincretistas, que mezclaron la fiesta de los santos, con las antiguas creencias celtas. Sin embargo el “Halloween” que hoy se celebra muy poco tiene que ver con los celtas, y menos aún con la fe cristiana. Es un fenómeno completamente estadounidense.

Asistimos en Halloween a una proliferación de artículos más o menos macabros, como calaveras, esqueletos, brujas, vampiros, tableros guija, y un sinfín de productos en la línea del ocultismo y espiritismo impregnados de una estética goticista. Aparentemente no se presenta como una oferta religiosa, sino como una parodia de la religiosidad cristiana auténtica, con fines preferentemente consumistas. Halloween se propone comercialmente como una fiesta joven, divertida, diferente, «transgresora». Y aquí, niños y jóvenes adolescentes son los destinatarios privilegiados del nuevo producto.

Pero tampoco puede considerarse como un mero fenómeno comercial, ya que se ha transformado en una fiesta importante del calendario neopagano y muchos movimientos, películas, literatura, y diversas propuestas culturales fomentan, a la luz de esta fiesta, creencias de tipo gnóstico, esotérico y espiritista, claramente opuestas a la fe cristiana y por lo tanto siendo cómplices del Maligno. Se trata de una puerta hacia la iniciación del culto satánico. Para darse cuenta de la magnitud del fenómeno, basta consultar cuánto ha crecido entre niños y adolescentes la creencia en el contacto “ingenuo” y aparentemente inocente con los difuntos -de tipo espiritista- y el miedo a fenómenos ocultistas, o el interés por lo paranormal. Si bien la culpa no es de la fiesta de Halloween, ella se ha vuelto parte de la propuesta cultural esotérica y espiritista que prolifera ya en gran cantidad de películas, telenovelas, dibujos animados y videojuegos. Y la avalancha de materiales que recibimos y sobre todo reciben los niños y adolescentes siempre está educando en un contenido, sea explícito o implícito. Siempre se transmite una visión del hombre con tan poco contenido sobrenatural, que resulta difícil dar salida a cuestiones de tanto calado como el Cielo, la Resurrección, etc. Nos hallamos por lo tanto en el umbral del espiritismo…

Quizá no haya que condenar demonizando la fiesta, pero sí advertir al menos sobre el origen y sentido del fenómeno, y ver que se da una excelente oportunidad para hablar de los santos, la muerte como hecho antropológico del ser humano y de la vida eterna. Si bien es verdad que muchos niños solo lo celebran como una mera diversión, sin saber “ni de tratos ni de trucos” (pésima traducción-interpretación de trick-or-treat), no es menos cierto que el mundo de los espíritus y la brujería es cada vez más cotidiano para ellos y se les despiertan muchas dudas sobre estos temas. Sin la fe en Dios, el ser humano se arrastra hacia la necesidad de protegerse de fuerzas extrañas que no puede dominar.

No hay recetas para desafíos de este tipo, pero lo que se puede pedir a cualquier cristiano es un mínimo de discernimiento y de responsabilidad frente al consumo de fenómenos que en sí mismos pueden parecer inofensivos. Enseñar a los niños el verdadero contenido de la fiesta en una visión crítica, es parte de una educación responsable. Vivamos nuestra fe cristiana con la responsabilidad y la alegría de ser hijos de Dios.

Y tú, ¿celebras la Vida o la muerte?

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